No, si ya verás tú como…

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El dilema del mono y el güisqui.

En cierta sala de fiestas servían copas hasta altas horas de la noche. Era una sala concurrida y conocida, pero esa noche estaba bastante tranquila en lo que a público se refiere. La gente iba allí sabiendo que sucedían cosas raras o al menos llamativas. Sin ir más lejos, esa noche, había un mono atado con un cordel burdeos a un extremo de la barra. El animal estaba sentado en su rincón, observando como el pianista tocaba incansablemente. El pianista era bueno. Llevaba años tocando allí y era capaz de pasar horas sin parar de apretar las teclas y atendiendo las peticiones de los clientes.

Se abrieron las puertas del local y entró un caballero de aspecto cansado. No todos los días puede uno usar la palabra taciturno, pero en este caso es perfecta. El caballero dejó su gabardina a la chica del guardarropa y se aproximó a la barra lentamente. Llamó al camarero y le pidió un güisqui doble con hielo. El camareró se lo sirvió.

– Son siete cincuenta, caballero.
– Un segundo, por favor.

El cliente se giró para buscar su cartera en el bolsillo trasero del pantalón. La sacó cuidadosamente y al volver a su posición observó que el mono estaba frente a él, de cuclillas en la barra y con sus genitales metidos hasta el pubis en el güisqui recién servido. El camarero estaba de espaldas colocando la botella. En un abrir y cerrar de ojos el mono se levantó y se alejó rapida, pero sigilosamente, hasta su rincón, donde volvió a sentarse como si nada hubiera pasado. De fondo se oía un pequeño ritmo de swing, que hizo que el trayecto del mono fuera, si cabe, aun más gracioso, como de película muda. El camarero se giró y tomó un billete de diez euros que sostenia el cliente, que aun tenía la mirada perdida mirando al mono, con cara de no entender lo que pasaba.

– Disculpe, camarero.
– ¿Si, señor?
– Póngame otro güisqui.
– Apenas ha tocado el que le he …
– Ya lo sé, pero es asunto mío.

El camarero retiró la copa y empezó a servir la nueva. De repente sonaron acordes tétricos y profundos, como de requiem. Alguna petición inoportuna, posiblemente. Parecía como si presagiase la tragedia. El mono miró fugazmente hacia el cliente, que lo notó. Cruzaron miradas.

– Son siete cincuenta.

De nuevo, pero de manera estudiada, el cliente giró la cabeza como buscando la cartera, pero se giró rápidamente sin acabar la maniobra. Dos enormes testículos de mono se confundían con los cubitos de hielo del nuevo güisqui.

– ¡Camarero! – El camarero se giró y observó la escena. – ¿Me puede usted explicar por qué el mono hace esto? ¡Es la segunda vez en menos de tres minutos!

El camarero respondió con una serenidad sorprendente.
– No es la primera vez que pasa, pero no es culpa mía ni de la sala. El mono es del pianista, así que él responde por el animal.

El cliente se levantó sulfurado, a la vez que sonaba una melodía pesada a la vez que sensual; una melodía completamente inadecuada de nuevo. Se aproximó pesadamente al pianista y le tocó dos veces con el índice en el hombro.

– ¿Si? – El pianista ni siquiera se digno a girarse
– ¿Sabe usted por qué el puto mono mete los cojones en mi güisqui?

Y el pianista, tras un pequeño momento de duda respondió.

– Pues ahora mismo no caigo, pero si me la tararea, lo mismo…

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Un pensamiento en “El dilema del mono y el güisqui.

  1. Chemari en dijo:

    Veo que los chistes de tu padre han evolucionado a la web 2.0 xD

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