No, si ya verás tú como…

Tecnología, programación, negocio, música, literatura, …

Micho, ese sabio.

Mi conclusión de esta semana es que por mucho que la sociedad avance, genere riqueza, genere conocimiento, etc., da igual. Da igual porque la gente no sabe leer. En realidad no estoy tan seguro de que sea no saber; parece más no querer. Tengo tres ejemplos claros esta semana sobre no leer; dos laborales y uno en redes sociales.

1. El que “no necesita” leer.

Caso de libro. Relación laboral de proyecto con un importe curioso (en torno a 50.000€). Tras realizarse la obra pactada, se revisan los resultados con el contratista. Éste pone su precio. El cliente, el ingeniero al cargo de esa parte del proyecto, revisa el trabajo realizado y dice que tararí. Que allí no hay más de la tercera parte. El contratista que dice que hay más. El ingeniero coge el pliego del proyecto, con la hoja de comprobaciones para auditar la construcción, y lee lo que pone. Se lo dice al contratista que responde con (parafraseando):

Yo no sé lo que pone ahí. Yo simplemente me fiaba de que me íbais a pagar lo que era.

El ingeniero, que se sabe con poder y que estima que en realidad el coste ronda por los dos tercios de lo que el contratista le pide suma dos y dos: “intenta engañarme con el total, la auditoría de los trabajos está mal y este tío ni se ha leido las condiciones”. Resultado: un tercio de lo que el contratista decía. Todo por no leer.

2. El que no lee pero insiste en dar su opinión

Un ejemplo diario de esto lo tenemos en la gente que acepta, acepta, acepta cuando instala software o cuando se da de alta en sitios de internet. En este contexto es casi disculpable porque el esfuerzo de vencer la pereza no renta las consecuencias de lo que se clickea. Vale. Bueno. Otra cosa diferente es el caso de aquellos que, tras firmar un documento vinculante (como un contrato), se empeñan en que lo que se ha acordado es lo que ellos opinan que se ha acordado, en lugar de leer. Una diálogo que suelen comenzar es este:

– Es que igual que tú me dices eso, yo te puedo argumentar lo contrario.

– Bueno, pero es que yo no estoy argumentando, yo estoy leyendo lo que firmamos.

– Ya, bueno, pero siempre es interpretable.

– No. Aquí pone “la pelota se pintará de verde”. Aquí tengo la pelota. Os la he pintado de verde. Pagadme.

– Bueno, eso es verde para ti. ¿Y si yo soy daltónico?

3. El que escribe más que lee y, sobre todo, no lee los encabezados

Este es un clásico de Internet. Hoy en día todo el mundo quiere escribir pero nadie quiere leer (no recuerdo de quién es esta frase, pero la suscribo totalmente). Supongamos el caso de ir por la calle y ver un tablón de corcho en el que pone “Animales favoritos. Escriba cual es su animal favorito”. La gente toma papeles, escriben animales y los dejan allí. Un día, alguien supone “si aquí la gente escribe sobre animales, es porque les interesa”, y aumenta la vaguedad del asunto: recorta una noticia sobre caballos de un periódico y la pone. Bueno, es interpretable como que le gustan los caballos. Vale. Bueno. Al día siguiente llega otro y ve el recorte de caballos y piensa que él tiene una foto preciosa de un caballo de rejoneo en el campo. Y la pega. Al dia siguiente, alguien ve una foto de un caballo de rejoneo y pone una foto de un rejoneador en la plaza, montado a caballo. A las dos semana, el tablón se convierte en un intercambio de improperios acerca de si las corridas de toros son una salvajada o si son cultura.

Si en lugar de ser un tablón en la calle lo llamais grupo de Facebook, pasa lo mismo. O un grupo de una lista de correo. Es un clásico. Con lo fácil que es irse al título y ver “Animales Favoritos”. Punto. De simple que es el mecanismo para ver qué tiene cabida y qué no, duelen las meninges.

Hoy he tenido un intercambio dialéctico con gente de Facebook de un grupo cuyo subtitulo es “Organizando Debates”. Se han aportado enlaces (como nota principal, no como comentarios) de noticias relacionadas con los temas que se suelen tratar. Pues al proponer que esos anuncios tengan cabida en otros lugares, destinados a informar o a la toma de decisiones, se me ha acusado de ser un insensible, no comprometido, etc. Ha sido un caso similar a los famosos debates de colegio en el que los alumnos proponian temas. Siempre proponia alguien “las drogas”. Si señor. Una clase de un colegio con niños entre los 11 y los 12 años. ¿Alguno a favor de las drogas? ¿Si? Debate genial.

De nuevo, con leer el subtitulo (“Organizando Debates”) debería quedar claro qué tiene sentido y qué no tiene sentido aportar.

 

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