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Un martes de mediados de 2013

Se llamaba Gabriel. Fue el primer policía caido durante los disturbios. Empezamos con sentadas pacíficas. Nos disolvían. Cambiaban leyes, cambiaban reglamentos. El grupo de descontrolados crecía día a día. Seguimos con sentadas y algún encadenamiento frente al Congreso y otros edificios. Nos disolvían; esta vez con gases y caballería para limitar nuestros movimientos. Éramos más y había más descontrolados. Cambiaron más leyes. Los descontrolados eran mayoría y la falta de control no significaba falta de organización. Las convocatorias debían ser sutiles; los compañeros que movían las propuestas corrían riesgo de arresto inmediato. Cada convocatoria, ilegal por aquel entonces, terminaba en una niebla espesa de gases lacrimógenos.

Los supuestamente civilizados aprendimos de los supuestamente descontrolados. Como blindarnos, como pertrecharnos, qué objetos llevar, como zafarnos. Si nos acorralaban, se formaban varias líneas paralelas de compañeros. Delante, los más grandes (los ‘tanques’), con sus brazos trenzados y con otra fila de compañeros detrás (los ‘puntales’) para evitar que los tumbaran, los arrastrasen o los empujasen. Su objetivo era impedir a las fuerzas policiales llegar a los siguientes: los artilleros. Estos eran generalmente los más altos y atléticos. Se mezclaban dos tipos, según los pertrechos: apuntadores y lanzadores. Prácticamente había la mitad de cada uno, aunque se preferían más lanzadores por motivos evidentes. Los apuntadores llevaban pequeños llaveros u objetos similares con punteros láser y los lanzadores tenían a sus pies todo lo que los proveedores pudieran conseguir. En las protestas más festivas, globos de agua; en las protestas más contundentes, adoquines y piedras como puños. Los que no lo habéis visto podéis imaginar la situación con poca explicación: fila de policía antidisturbios (casco, escudo, armadura ligera), algunos metros de humo blanco espeso, fila de tanques, fila de puntales y, detrás, artilleros y proveedores.

Las tácticas de guerrilla urbana tienen una ventaja inherente frente a las tácticas militares o policiales: son inesperadas y son no predecibles en sus primeras expresiones. La primera vez que los artilleros apuntadores encendieron sus punteros, el humo se bañó de un rojo cristal, con destellos, de manera caótica. Poco a poco los haces fueron convergiendo en una zona arbitraria del humo, tras el cual se sabía que había una fila de antidisturbios. No hacía falta ponerse de acuerdo verbalmente. No necesitábamos sargentos, capitanes ni generales; en cuanto un conjunto de punteros al azar empezaba a unirse, la única regla era unirlos todos en ese punto. De repente, algún artillero por voluntad propia lanzaba uno de sus objetos, contábamos tres segundos y todos los artilleros lanzaban, más o menos a la vez, su munición callejera. Muchos desviaban el tiro, muchos no tenían suficiente fuerza, muchos no iban sincronizados… Pero daba igual. La diferencia entre golpear con una piedra a cada policía, desde lugares arbitrarios, con fuerzas arbitrarias, a la vista, desprotegidos; o golpear con un mínimo de coordinación sobre un único punto del frente opuesto, era brutal. Algunos lo llamaban “Lluvia de Truman”, en alusión a la escena de la película, donde sólo llueve sobre el protagonista

Se equilibró la gestión del pánico. Algunos compañeros que habían sido policías nos lo cuentan ahora. Al parecer, los dos o tres segundos de espera después de que un objeto golpeara el escudo provocaban una ansiedad casi tan poderosa como la lluvia de objetos que podía caer posteriormente. Aprendimos a jugar con eso también. Una vez que se sabía como actuábamos, jugábamos a administrar la munición. Podíamos hacer amagos muy rápidos. La policía no solía cargar a la primera por cautela. Ya eran muchos meses de noticias constantes de compañeros en emergencias, hospitales y tanatorios como para cargar violentamente por un par de objetos arrojados.

Aquel día yo era puntal. Andrés estaba de espaldas delante de mí, anclado a dos compañeros, codo con codo. Esa misma tarde hubo un enfrentamiento dos calles más abajo, camino de la plaza, que se saldó con casi dos docenas de heridos y detenidos. Íbamos calentitos. Alguien propuso comenzar la lluvia con un par de globos de agua, pero usar munición real después. Con munición real nos referimos a trozos de adoquines y a botellas llenas de gravilla. Así lo hicimos. En la fila de policías, frente por frente a Andrés, estaba Gabriel. No lo conocíamos. Era uno más de los uniformados, blindados y pertrechados policías sin identificación puestos allí para disolvernos en caso de que fuera necesario. Comenzó el gas. Comenzaron los punteros. Un par de pelotas de goma golpearon a los compañeros junto a Andrés, pero no fue nada grave. De repente el haz de láseres comenzó a concentrarse y un globo de agua voló hasta estrellarse en lo que nos contaron después, eran los pies de un policía. Luego otro globo. Y otro. Así hasta catorce. El quince fue una botella. Ahí perdimos la cuenta.

Varias oleadas de piedras volaron sobre nuestras cabezas. No hacíamos ningún ruido, sólo se oía caer la munición al otro extremo de la calle con secos golpes. Se oían disparos de pelotas de goma y las piedras golpeando cascos y escudos. Un megáfono decía algo completamente ininteligible desde las filas de las fuerzas del orden. Al parecer, algunos agente se habían confiado al ver los globos de agua y bajaron sus escudos. Tardaron en reaccionar y les estaban comunicando que no era agua lo que llovía: eran piedras.

Gabriel estaba en primera fila, con sus botas manchadas de agua. La primera botella le impactó en el borde del escudo, apoyado contra sus piés. La segunda, contra el casco. Era una botella fina, llena con pintura plástica roja. Estaba mirando sus botas y riendo, según comentaron sus compañeros. Del impacto, su cabeza se echó para detrás y toda la visera protectora quedó opaca con la pintura. La subió para poder ver y en ese momento le impactó el primer trozo de ladrillo en la sien. No fue un golpe fuerte, pero los punteros seguían concentrados en su escudo. La primera oleada le impactó casi en su totalidad en cara y pecho. Sus compañeros corrieron a auxiliarle, pero al hacerlo rompieron la formación. Al parecer intentaron trasladarlo a la parte trasera de la formación, pero justo mientras lo levantaban, llegó la segunda oleada. Nadie sabe en qué momento exacto murió el agente Gabriel, pero no llegó vivo a la retaguardia. El final de la historia, ya lo conocéis.

[Madrid, España. Un martes de mediados de 2013]

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3 pensamientos en “Un martes de mediados de 2013

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  3. Quizás profético. Muy buena narración. Las tácticas no tienen precio.

    Saludos.

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