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¡Taxi!

Esta será una entrada breve para describir el día de retorno desde Sevilla a Munich. No soy de usar el blog como diario de a bordo, pero el día que echamos mi señora y yo lo merece.

Salimos de Sevilla en el AVE, dirección Madrid para coger el avión en Barajas, T2. El trayecto en AVE, como siempre, fue exquisito. Todo a su hora y sin problemas. Una vez en Atocha, nos dirigimos a la parada de autobuses para tomar el del aeropuerto. En el viaje de venida le preguntamos a un simpático trabajador de Barajas la mejor manera de llegar a Atocha y nos dijo que el metro. El metro. Creo que son dos transbordos con parada en Nuevos Ministerios, es decir, con descenso a los infiernos. Como no quisimos repetir la catetada a la vuelta, cogimos el bus, el cual ya había usado yo en otros viajes y que es lo más cómodo con diferencia.

De tiempo íbamos sobradísimos, así que para uno al que no le gusta volar como yo y una que se ataca de los nervios hasta que llega a tiempo al aeropuerto todo era perfecto. Nos montamos en el autobús, dejamos las maletas en el hueco de equipaje y nos sentamos. Llegamos a la T2, bajamos las maletas y nos dirigimos a facturar. Facturamos. Al retirarnos del mostrador siento algo raro. En ese momento miro al suelo, miro al mostrador y me dice Cris: “Dani, ¿y tu mochila?”

Mi mochila. La mochila donde iba un portátil, un disco duro y parte del dinero que me llevaba de vuelta, aparte de las llaves de mi casa de Sevilla y las de mi casa de Munich. Fui corriendo a preguntar al mostrador si tenían alguna conexión por radio o teléfono con los autobuses y me dijeron que no, pero que saliera a esperar al siguiente y le preguntara. Siendo sábado y con el poco tráfico que había, a saber cuantos buses estaban en servicio y qué tiempo teníamos. No me lo pensé y fuimos corriendo a coger un taxi.

Iván. Iván se llama el taxista que nos escoltó durante la siguiente hora. Un chaval de treinta y pico, con acento de Madrid y pinta de currante de toda la vida. Nos montamos en su coche y Cris le explicó el tema rápidamente. “No os preocupéis que, conmigo, llegáis”. Yo estaba descompuesto, la verdad. Soy sumamente despistado y más o menos estoy acostumbrado a perder cosas, pero con las cosas realmente importantes (de trabajo o regalos) lo paso fatal cuando se me pierden. No era una opción perder el portátil.

El chico enfiló a Atocha, con la esperanza de adelantar al autobús en algún momento. Nos cruzamos con uno y Cris se dio cuenta de que no era el mismo conductor (aparte, era imposible que ya estuviera de vuelta a esas alturas). Vimos a uno en Cibeles, de camino a Atocha y lo seguimos. De hecho, lo adelantamos. Al llegar a Atocha, salía uno de la parada, conducido por una chica muy simpática. Le dimos el alto (así, como suena) y nos atendió amablemente. Le comentamos y nos dijo que lo notificaría a los compañeros. No nos quedamos muy tranquilos, la verdad.

En ese momento, Iván para el taxi, se viene con nosotros a la parada y nos ofrece un cigarrillo. Ni Cris ni yo fumamos, así que le agradecimos y nos quedamos allí esperando los tres. Llegó otro bus, este con un conductor no tan simpático, pero que se portó. Intento contactar por radio y le notificaron por mensajería que un compañero había recibido el mensaje de la chica y que tenía la mochila. Le dijimos la hora del que cogimos nosotros y nos respondió que debía ser el siguiente autobús que venía justo detrás de él.

Tras un cuarto de hora que se nos hizo infinito, vemos el autobús amarillo llegar a Atocha y, tras otros 10 minutos infinitos, vemos como estaciona, se baja todo el personal y se nos acerca el conductor. Nos pregunta el color y Cris y yo respondemos “negra” a coro desafinado. Le empiezo a decir cosas que llevo dentro (un portátil, dos kits de desarrollo con microprocesadores de Texas Instruments… lo típico) y me dice que él no ha mirado y que si es esa que tiene en las manos mientras la saca.

Nunca, nunca, nunca llevéis cosas importantes en bolsas que den pistas. Nunca llevéis de viaje una cámara de fotos en una funda de cámara de fotos y nunca llevéis un portátil en una cartera para portátiles. Estoy seguro de que las tiras de forro rasgadas, los hilachones y un par de cortes de la mochila disuadieron a cualquiera que se hubiera planteado llevársela. Allí estaba mi mochila, reventada como siempre y con todas mis cosas dentro. Le dimos las gracias al conductor, nos bajamos y enfilamos el taxi de Iván.

A los veinte minutos ya estábamos en Barajas de nuevo, con tiempo de sobra para pasar el control y disponernos a embarcar. No tengo palabras de agradecimiento para los conductores de la línea Express al aeropuerto de Madrid ni, por supuesto, para Iván, de quién no sé el apellido ni el nº de licencia de taxi pero al que espero volver a encontrarme si necesito que alguien me salve el día con un volante en las manos.

P.S.: Otro día contaré sobre el sobrecargo showman del vuelo con Lufthansa, capaz de expresar toda su paciencia y sentido del humor en alemán, inglés y español sin perder un ápice del tono. Es un sobrecargo de metro noventa que, tras pedirle tila o una infusión relajante me mira y me dice: “¿Una tilaaaa? ¡Mejor una copita de Orujo!”

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